
El
gran Mariscal Jorge Robledo llegó cerca a Anzá en septiembre de 1541; de allí
despachó varias comisiones, entre ellas una al mando del Capitán Juan Vallejo.
Este salió con cuarenta hombres, encaminándose por los Llanos de Ovejas, llegó
a San Pedro, siguió a Entrerríos y descubrió, a fines de 1541, un hermoso
valle de temperatura frigidísima que denominó de Los Osos por los muchos que
encontró.
Este
valle estaba habitado por los indios de la raza de los Nutabes. El capitán
Vallejo tuvo que abandonar esta altiplanicie por las hostilidades de los indios
y debido a que éstos ninguna riqueza tenían que ofrecer a los ambiciosos
conquistadores, pues por entonces las ricas minas no estaban descubiertas.
La pobreza de los primitivos habitantes hizo creer a los españoles que esta tierra carecía de minerales, y por esta razón permaneció en el más completo abandono durante un siglo, aun cuando fué visitado el valle a mediados del siglo XVI por D. Andrés de Valdivia y D. Gaspar de Rodas, Gobernadores de la ciudad de Santa Fe de Antioquia, a cuya jurisdicción pertenecía entonces.
A partir de esta fecha, pasaron no menos de cincuenta años para que los buscadores de oro se dieran cuenta de la riqueza aurífera de esta zona. Es así como empiezan a llegar cientos de mineros encabezados entre otros por el Capitán Antonio Serrano de Espejo, quién ordeno su fundación según las capitulaciones hechas por el gobernador Don Manuel Velásquez de Atienza y aprobadas por su Majestad Felipe IV, en 1636. Fue erigida en parroquia en noviembre de 1659 por el Obispo de Popayán Monseñor Vasco Jacinto de Contreras y Valverde, dándole el nombre de San Jacinto de los Osos. En 1792 se erige con el nombre de Villa de Nuestra Señora de los Osos. En 1811 se llamó Santa Rosa de Osos y se creó como municipio en 1814 según disposiciones del dictador Juan del Corral.
Primeras
Colonizaciones:
Pedro Gutiérrez Colmenero que fue el primer Alcalde Mayor de la Villa de Medellín
(1675), con D. Antonio de Mesa, natural,como
Colmenero, de Jerez de la Frontera, y con Juan Nuño de Sotomayor, descubrió en
1645 los ricos minerales del Los Osos y trabajó las quebradas de San Juan, La
Trinidad, Orobajo, San José, San Antonio, Santa Ana y San Lorenzo, como también
los nacimientos del río Guadalupe y la quebrada Los Mártires.
Al
mismo tiempo que Gutiérrez Colmenero elaboraba estas minas, Fernando
Toro Zapata, Capitán y Juez Oficial de la Real Casa de la Ciudad de Santa
Fe de Antioquia, entraba a trabajar las minas del río Caruquia, acompañado de
Pedro Martín de Mora, lugarteniente general de D. Antonio Portocarrero y
Monroy, Gobernador de la Provincia de Antioquia y de la Tierra de entre los dos
ríos.
Como
documento curioso copiamos el siguiente memorial, suscrito por Fernando Toro
Zapata y dirigido al Gobernador de Antioquia:1
“El
Capitán Fernando Toro Zapata, vecino y señor
de cuadrilla de esta Ciudad (Antioquia), digo: que por cuanto habiendo sabido
que las minas de oro que se labraban en toda esta jurisdicción y las demás de
esta Provincia y Gobierno de V. Md., se habían acabado y que los señores de
cuadrilla estaban perdidos, pobres y engañados y para despoblar dichas minas, y
que el Haber de su Majestad había venido a notable disminución en sus reales
quintos, VMd. mandó despachar su comisión al Capitán Esteban de Rivera,
vecino de la ciudad de Cáceres y señor de cuadrilla, para que entrase a catear
minas por aquélla parte y por la de esta jurisdicción, al Capitán Pedro Martín
de Mora y a mí que entramos por diferentes partes de los ríos de los Osos y
Caruquia y según tiene avisado dicho Capitán Pedro Martín de Mora a V. de
Md., ha hecho muy
considerable
descubrimiento de que dará cuenta a VMd. cuando salga de la dicha cateada y por
lo que a mí toca, digo que tengo descubierto oro de jornal, de la dicha parte
de los dichos ríos, entrando por Aburrá, en quebradas, aventaderos, sabanas,
sobresabanas y pantanos, que al parecer será de a peso, de a dos y de a medio
jornal por día y por pieza. Y es tierra larga y copiosa de minerales, donde se
pueden aviar las cuadrillas de toda esta jurisdicción, y otras muchas que
vengan de otras partes. Y de la quebradas cateadas hago registro de trece, de
las cuadrillas he de escoger y tomar dos, la una para mí y la otra para el
Capitán Dn. Antonio Zapata, mi yerno; y de las restantes, otra para el
comisario Lorenzo Cortés, mi cuñado: y otra para el Alférez real Juan García
de Ordaz
y Figueroa, mi cuñado; y otra para Lorenzo Pretel, mi cuñado; y otra para el
Capitán Diego Beltrán del Castillo, mi cuñado; y otra para el beneficiario
Facundo Ramírez de Herrera, y otra para Pedro Gutiérrez Colmenero, y otra para
Isabel Pérez, y otra para
Cristóbal de Toro, mi hermano; los cuales he de dar y señalar, a cada uno la
que le tocare. Y atento a que todos los dichos han de entrar a poblar dichas
minas, a abrir caminos y poner balsa, barqueta o puente en los dichos ríos, que
son caudalosos para facilitar la entrada a todos los demás que fueren, lo cual
es tan del servicio de su majestad, bien común y general, y que las tales
personas tienen más de trescientos negros con que podrá VMd., entablar desde
luego un real de minas, y así mismo paso otra quebrada para Felipe García, mi
cuñado….
Según
el doctor Manuel Uribe Angel, el primer caserío estaba situado al sur de la
ciudad actual, ocupando el lugar que hoy llamamos Los Arenales, y que se denominó
hasta el siglo XVIII La Ranchería, mineral que fue del Capitán Ignacio Vélez
de Rivero, juntamente con una capilla que existió allí en 1740.
Los
ricos veneros encontrados por ese tiempo, principalmente en La Bramadora, San
Juan y San Antonio, en los momentos precisos cuando en la ciudad de Antioquia se
agotaba el oro, atrajeron buen número de pobladores, de ésta y de Cáceres,
pues vemos que en 1650 había más de setecientos negros dedicados
exclusivamente al laboreo de las minas, y más de quinientos españoles e hijos
de peninsulares, en especial nobles distinguidos y ricos señores.
Sin
embargo, en medio de estas dificultades, las minas daban buenos rendimientos.
Copiamos aquí un pasaje que trae D. Vicente Restrepo, en su libro “Minas de
Oro y Plata”, y que pone en boca de D. Cayetano Buelta Lorenzana:
“El
Riogrande y Riochico corren a poca distancia uno de otro y desembocan unidos en
el Porce. El Riochico tiene más minas que el Grande, especialmente cerca de sus
cabeceras, en donde están las que se denominan Las Petacas, San Jacinto y otras
que desde su descubrimiento se han trabajado y se trabajan con conocida
utilidad. Estas minas tienen la particularidad de que no tienen otras, esto es,
que acabando de lavar una labor de aquellas en que suelen trabajar de cuatro a
cinco años, vuelven a relavar sus labores viejas, y hallan igual interés que
al principio, siendo por este motivo permanente en aquellos minerales la
riqueza”.
Y
más adelante dice, hablando de un estanque: “si riqueza se considera, con
fundamento, sería muy grande, porque a poca distancia más arriba que él,
entran en Nechí varias quebradas, que bajan de los más ricos minerales de Los
Osos”. Por ese tiempo el oro encontrado en todo el valle era de veintiún
kilates y medio, y aunque no hemos encontrado ningún dato sobre la producción
de las minas, por comparaciones que hemos hecho, podemos calcular en un millón
de pesos el producto neto del oro extraído de 1645 a 1700, pues las minas de
esta ciudad eran las más ricas después de las de Buriticá y Zaragoza, en el
transcurso del tiempo señalado.
A
principios del siglo XVIII empezó una gran corriente de inmigración,
procedente de la Villa de Medellín, de reciente erección y de Rionegro. La
población aumentó tan considerablemente, que en 1770,figuró este valle con el
nombre de Partido de San Jacinto de Osos. El primer cura fué Juan Bautista Dávila
Cavallero, pero con anterioridad habían vivido en el caserío Jacinto de
Toro, quien vino con Pedro Martín de Mora, y fray Pedro Simón, quien escribió
una narración sobre las minas.
El
Curato de San Jacinto tuvo tanto ensanche, que a mediados del siglo XVIII existían
las siguientes capillas, fuera de la parroquial:
Una
en el mineral de San Pedro, de propiedad del alférez don Nicolás Jaramillo,
cuyo título fue concedido por el Ilmo. Sr. Fray Diego Fermín de Vergara el
veintidós de enero de 1757.
La
Capilla situada en los minerales de “Tierradentro”, perteneciente al Dr.
Luis Echavarría, cuyo título fue concedido por el Sr. Dr. Juan Gómez de Frías
con fecha de 24 de julio de 1723.
La
Capilla del sitio de San Diego (Don Matías), titulada por el Dr. Melchor Gutiérrez
de Lara el 18 de julio de 1750.
La
Capilla situada en los minerales de San Juan, cuyo título fue concedido por el
Visitador de la Provincia Dr. Esteban Antonio de Posadas, el 26 de noviembre de
1750, a favor del Dr. Lorenzo Pérez.
La
Capilla de los minerales de Riogrande (Entrerríos), de propiedad del Dr. Cristóbal
Vélez, cuyo título fue concedido con fecha 11 de agosto de 1762 por el Ilmo.
Sr. Dr. Jerónimo Antonio de Obregón y Mena.2
La
Capilla parroquial estaba consagrada a Nuestra Señora de Guadalupe. Fué
levantada en conmemoración de un milagro obrado en la persona de Pedro
Bustamante, aventurero español, quien viéndose solo y acosado por los indios
invocó a la virgen de Guadalupe, la cual envió a Juan Torres en su ayuda. Los
indios despedazaron a éste y Bustamante escapó de una manera prodigiosa,
apareciéndose ante sus soldados cuando éstos celebraban sus exequias. Este
relato los trae el Dr. Julio César García como sucedido a orillas del
Riogrande.
El cementerio estaba situado en el sitio que hoy ocupa la plaza principal. Para su construcción ayudó D. Pedro Rodríguez de Zea en 1775, quien por entonces desempeñaba el oficio de Gobernador del sitio de los Osos, y a quien le tocó como designado especial dar el permiso para la fundación de San Luis (Yarumal), San Antonio Infante (Don Matías) y Carolina. Tuvo además la gloria de ser el genitor de Francisco Antonio Zea.
Conviene
reseñar brevemente las costumbres de esta colonia, integrada por razas
encontradas: las fiestas tenían ocasión en el día de la patrona (Nuestra Señora
de Guadalupe; más tarde Nuestra Señora de Chiquinquirá), a la llegada del
Obispo de Popayán, el cual hacía su visita pastoral con grandes intervalos de
tiempo, en el matrimonio de algún rico encomendero, o con motivo de la coronación
de un monarca en la Península.
don
Juan José Salazar y doña María del Pardo, ricos esposos de noble alcurnia,
tenían por placer favorito fustigar las espaldas de sus esclavos y cargarlos
con cadenas. Su inhumanidad se extendía hasta con los animales: desollaban las
reses para aplicarles en seguida sal, y hacer morir el ganado en medio de los más
atroces dolores y bramidos.
Don
Juan José Salazar, quien trabajó por muchos años en La Trinidad y Hojasanchas
(Gómezplata), usaba un enorme sombrero que lo caracterizaba, por lo cual lo
motejaron con el nombre de El Sombrerón. A su muerte, todos los vecinos de la
comarca estuvieron de acuerdo para aplicarle las penas eternas y entre las
gentes sencillas se quedó la creencia de que todas las noches atravesaba, después
de muerto, las calles acompañado de sus dos grandes perros, y de este hecho se
deriva la expresión popular “ahí viene el sombrerón”, que sirve para
infundir miedo y susto a los niños.
En
1792 siendo Gobernador de la Provincia Francisco Baraya y la Campa, fue erigida
en Villa la Parroquia de los Osos, con el nombre de Villa de Nuestra Señora de
Chiquinquirá de los Osos, Villa que a mediados de 18111 cambió su nombre por
Santa Rosa, denominación de una Capilla que existió en el siglo XVIII.
La
erección de la Villa correspondió con un movimiento progresivo en grande
escala de la minería. Muertos los ricos empresarios del siglo XVIII, D:
Francisco Díaz de Mazo, Antonio Chaverri, Alejandro Casafuz, Ignacio Vélez de
Rivero, Francisco Angel de la Calle, Pedro José del Rojo, Pedro José de la
Granada, Francisco Piedrahita, Juan de Torres, Enrique de Villa, Joaquín Yepes,
etc., etc., vinieron a reemplazarlos hombres de gran talento como D. Manuel
Barrientos, los Restrepos, Los Gómez, los Ospina, los Zuláibar, los Echavarrías2,
quienes establecieron aquí sus empresas y formaron una sociedad de considerable
riqueza y de cultura exquisita.
Entonces
se dieron rumbos científicos a los procedimiento a la extracción del oro: las
minas de veta empezaron a beneficiarse con ingentes rendimientos, como en Las
Cruces y en Las Animas y más tarde cuando el sabio Boussingault visitó (1825)
El Cerro, Los Mártires, etc., se siguieron notables enseñanzas.
La
venida Tyrell Moore hace época en los anales de la minería. Este ingeniero
londinense estableció en las minas de Luis Bran el primer molino en Antoquia. 3
A Moore lo podemos considerar como un gran benefactor de Santa Rosa. Con Su
venida empezó la edad de oro para esta Ciudad, que ya contaba con cinco mil
habitantes. Moore había nacido en Inglaterra; estudió en Suiza, y vino a
Colombia en 1829. Era un observador inteligente, trabajador incansable; sus
conocimientos los ponía al servicio de todos; poseía una vasta ilustración;
montaba máquinas para aserrar maderas, para beneficiar el azúcar, y escribía
teorías sobre
la
conformación geológica del suelo antioqueño. Para demostrar la grandeza de su
alma, podemos insertar el gran proyecto de colonización concebido por él, y
por el cual luchó hasta obtener que el Congreso de 1836, en un decreto de fecha
de 6 de junio del mismo año, le concediera cien mil fanegadas de territorio en
el Cantón de Antioquia y más tarde en el de Santa Rosa, por considerarse en ésta
más favorable la concesión, territorio que debió doblar con dos mil europeos.
Este gran proyecto no se realizó, debido a la mucha oposición, que suscitó
por consideraciones antipatrióticas.
Por
estos tiempos vino a la Provincia Lagciano Brugnelli, quien trajo un gabinete
metalúrgico comprado por suscripción popular; y entre los que más
contribuyeron con dinero se cuentan don Manuel Barrientos, Tyrell Moore,
Sinforiano Hernández, Mariano Ospina Rodríguez y Pedro Vásquez, entonces
avecindados en esta Ciudad.
La
traída de este laboratorio a Medellín trajo grandes ventajas que repercutieron
en todas las demás poblaciones del Departamento.
En
la mina de La Trinidad se instaló años más tarde un pequeño laboratorio, y
la industria minera llegó a su esplendor en 1850.
También
merece recordarse el nombre del doctor Carlos Segismundo de Greiff, quien
viajaba constantemente de Medellín hacia el norte, y se interesaba vivamente
por el mejoramiento industrial de Santa Rosa.
A
todas estas iniciativas, que dieron esplendor a esta Ciudad, se añade el
contingente oficial: don Juan del Corral, elevó a la categoría de Distrito
(1814) esta población1, y el 11 de junio de 1824, por decreto del Gobernador de
Provincia, Francisco Urdaneta, le fue confirmado el título de Distrito y
elevada a la Categoría de Cabecera de Cantón, el cual comprendía a San Pedro,
Belmira, Carolina, San Luis, Entrerríos, Campamento y San Antonio Infante.
En
la segunda mitad de la centuria pasada se inició un desarrollo intelectual,
originado de la pujanza del progreso y riqueza minera: se fundaron los primeros
colegios de enseñanza superior, se abrieron bibliotecas, y aparecía una
juventud vigorosa que devoraba los autores más selectos, y se nutría con sólidos
conocimientos en la ciencia y en el arte.
El
primer colegio se debe a la inciativa del doctor Pedro J. Berrío y al espíritu
público del señor Antonio María Hernández, doctor en jurisprudencia y hombre
de vasta ilustración, quienes en 1852, con Manuel Sierra, fundaron un instituto
en nombre del que en el Congreso de Angostura, grito a viva voz: “La República
de Colombia queda constituída; viva la gran República de Colombia”, para
romperse definitivamente las cadenas coloniales.
Con
anterioridad a este colegio existían escuelas de primeras letras solamente; así
vemos que en 1835 había en el Cantón doce escuelas, de doscientos cuarenta niños
y ochenta niñas. Entonces la enseñanza se limitaba a la lectura, nociones
elementales de aritmética, religión e historia.
Fundado
el primer colegio el doctor Berrío, obedeciendo siempre a su genio organizador,
hizo aprobar un proyecto por el Cabildo Municipal, proyecto que reglamentaba
magistralmente, en ciento veinte artículos, la enseñanza primaria y
secundaria.
Dicho
colegio fué de poca duración, pero de resultados satisfactorios, pues a él
concurrieron, con gran provecho, muchos jóvenes de todos los diferentes lugares
del Cantón.
En
1841 el presbítero Joaquín Guillermo González, más tarde obispo de
Antioquia, con abnegación inaudita, solicito del Cabildo el nombramiento de
director de la Escuela Superior, comprometiéndose a no
exigir
ninguna remuneración. Trabajó incansablemente por el mejoramiento de la
instrucción pública, y sacó opimos frutos.
Al
año siguiente el doctor Venancio A. Berrío, dirigió un colegio, a satisfacción
general, del cual se encargaron dos lustros más tarde. Alejandro Botero Uribe,
hoy uno de los primeros jurisconsultos colombianos, y el Presbítero doctor González,
quien por entonces era Cura de esta Parroquia. En este colegio, consagrado a San
Luis, dictaron clases gratuitamente: Ignacio Hernández Raimundo Lopera, Martín
Jaramillo, Joaquín P. Berrío, Braulio Machado, Cruz Quirós y muchos otros
hijos lustres y beneméritos de esta tierra.
En
1876, Miguel Giraldo Viana, hijo del doctor Rafael María Giraldo, fundó un
colegio, el cual se suspendió por la guerra civil que estalló en esos días. Más
Tarde volvió y, con gran acierto, educó una juventud gallarda, después de
haber recibido las Sagradas Ordenes. Del colegio dirigido por el doctor Giraldo
salieron encaminados para una vida meritoria los siguientes sacerdotes: Braulio
Gómez, Pedro Antonio Roldán (de Entrerríos), Manuel Uribe, Vicente Carvajal
(de Don Matías), Luciano Gutiérrez (de San Pedro) y Máximo Restrepo (de Don
Matías), y los importantes doctores Heliodoro Rodríguez, Juan B. Tamayo y
Rafael Rodríguez.
En
1892, el presbítero Jesús María Botero Ramírez en asocio del señor don
Rafael Rodríguez, fundó un magnífico colegio, en el cual se enseñaba, con
notable provecho, gramática latina, por Caro y Cuervo; traducción francesa,
por “el Telémaco”, gramática castellana, historia universal y matemáticas.
También
funcionó entonces un colegio para señoritas, dirigido por la señora doña
Genoveva Jaramillo, a quien le tocó formar lo más selecto de nuestra sociedad
femenina y educar nuestras más respetables matronas de hoy.
A
Joaquín Pinillos, Luis Martínez, Félix Rodas, Daniel Rodas, Jesús Giraldo
Duque, Luciano Ramírez, a la señorita doña Januaria Restrepo y a doña Rosalía
Vieira de Machado, tenemos que elevar en nuestros corazones un monumento de
gratitud justiciera, porque con su tesón y sus luchas formaron nuestros
progenitores, y son los autores de la presente cultura que gozamos.
DEPARTAMENTO
DEL NORTE. En tiempos en que prevaleció el sistema federal en la política del
País existió el Departamento del Norte en el Estado Soberano de Antioquia, el
cual años más tarde, tomó el nombre de Prefectura.
Dicho
Departamento comprendía una de las secciones más grandes y ricas del Estado a
que pertenecía, y tenía por capital a Santa Rosa, donde residían los
gobernantes o prefectos, y al cual afluían, por este motivo, multitud de
elementos de cultura y de progreso.
El
Departamento del Norte comprendía más de una veintena de poblaciones
importantes que llegaron a contar sesenta mil habitantes a mediados del siglo
pasado, época en que el Departamento llegó a su auge. Hablando de esta región,
don Fortunato Pereira Gamba decía de su riqueza minera que sólo era comparable
con las mejores formaciones de California y Australia, y no podía consentir que
la vía de Puerto Berrío parta la construcción del Ferrocarril se prefiriera a
la de Santa Rosa – Zaragoza.
Conviene
enumerar aquí los prefectos o gobernadores, quienes, con su ciencia, talento y
buen desempeño de su cargo, dieron días de brillo a esta Ciudad desde 1864
hasta 1905, fechas éstas que abarcan el período de mayor importancia del
departamento.
1864
Doctor Manuel A. Hernández.
1865
Doctor Ignacio Hernández.
1867
Doctor Alejandro Botero U.
1869
Doctor Avelino Mejía.
1871
Don José M. Jaramillo.
1871
Don Juan R. Mejía.
1872
Don Federico Velásquez.
1873
Don Marcelino Sánchez
1875
Don Manuel A. Mejía S.
1876
Don Enrique Ramírez Gómez.
1877
General Rodolfo Mejía.
1879
Don Lucio Gómez.
1879
Doctor Guillermo B. Mc. Ewen.
1880
Doctor Manuel María Bonis.
1880
Don Francisco de Paula Ossa.
1880
Don Santos Jaramillo.
1880
Doctor Silvestre Pastor de los Ríos.
1880
Doctor Emiro A. Trujillo.
1881
Don Luis Martínez.
1883
Don Lucas Posada.
1884
General Joaquín P. Berrío.
1884
a 89 General Abel González.
1890
Don Carlos Machado Vieira.
1892
Don Jesús Mejía.
92-94
Don Lorenzo A. Berrío.
95-96
Don Heliodoro González Z.
96-97
Don Braulio Machado Vieira.
97-1900
General Amador Gómez.
1900
Don Fabián Jiménez Gómez.
1901
Don Lázaro Díaz P.
1901
Don Heliodoro González Z.
1902
Don Dionisio I. Pineda.
1903
Don Lisandro Mejía.
1905
Don Abel González.1
El
notable médico don Guillermo B. Mc Ewen fue fusilado injustamente por orden del
general Rengifo, el 4 de marzo de 1879, en esta Ciudad. Para hacer más luz
sobre este suceso, hacemos el relato de los hechos atendiendo a las
explicaciones de los varios historiadores que han tratado la cuestión.
La
paz había venido después de la cruenta lucha fratricida empezada en el año
76, pero los ánimos de los partidos contrincantes anunciaban que esa tregua no
podía ser muy larga, porque los enconos políticos se irritaban con las
disposiciones tiránicas del partido vencedor, que, ebrio en sus victorias, no
tuvo la cordura necesaria para augurar la felicidad de la patria y prolongarse
en el poder.
Estas
disposiciones dictatoriales de que hablamos, tenían por objeto principal
coartar los derechos de la Iglesia Católica, en provecho del Estado,
contrariando las normas de libertad de conciencia proclamadas en el mismo espíritu
de las leyes de entonces.
Estos
hechos provocaron un pequeño levantamiento, conocido con el nombre de
insurrección del veinticinco de enero, levantamiento que, por su carecer de unión
y prudencia, se sofocó en pocos meses, no dejando de causar a la Patria los
males que trae siempre toda revolución, por levantados estandartes que
enarbole.
En
la dicha insurrección tomó parte activa el Dr, Guillermo Mc. Ewen quien fué
nombrado en esos días Prefecto del Departamento del Norte, y se empeñó por
todos los medios que estuvieron a su alcance, en hacer salir avante el
movimiento revolucionario.
El
General Rengifo se encargo de apaciguar los ánimos; pero el que peleó
gloriosamente en “El Derrumbado”, “Puente de Cali”, “Segovia”,
“Subachoque” y “Los Chancos”, no salió airoso de una campaña minúscula
que no le permitió, por los abusos y arbitrariedades, ceñir la faja
presidencial de la República.
Haciendo
totalmente a un lado toda pasión mezquina y toda consideración política, el
fusilamiento del inocente Mc. Ewen estaba fundado en razones subjetivas, que se
hizo el General Rengifo mal informado; así hemos interpretado a D. Estanislao Gómez
Barrientos, autoridad en la materia, que se expresa al tenor: “Parece que al
General Rengifo se le había impresionado con una noticia exagerada respecto de
la conducta de los insurrectos”.
El
General Rengifo venía con una fuerza considerable de Medellín para esta
Ciudad. En esta Plaza había unos 1.300 hombres mal armados, que en ninguna
circunstancia podían hacer frente a un ejercito aguerrido de más de cinco mil
hombres. Después de un pequeño tiroteo en San José, los insurrectos se
declararon vencidos, y se convino en aceptar una honrosa capitulación. El Sr.
Juan F. Jaramillo fué el comisionado por Mc. Ewen para celebrar los tratados,
en los cuales, entre otras cosas, se exigía la entrega de las armas del
ejercito vencido. Este se dió cuenta de la capitulación, y huyó llevándose
las armas.
Al
volver el Sr. Jaramillo, resguardó a nuestro historiado, en compañía de su
hermano José María Mc. Ewen, en un local de tienda, situado en la Calle Real,
crucero con la de Caldas. Allí quedaron salvados de
Contando
con la seguridad de este escondite, el Dr. Mc. Ewen no huyó ni tenía por qué
hacerlo, pues nada tenía que temer conforme a las leyes de la guerra.
Denunciado ante el general Rengifo, éste, sin fórmula de juicio, ordenó a
Belisario Gutiérrez fusilarlo inmediatamente, orden que correspondió ejecutar
al Mayor Aguilera.1
Antes
de fusilarlo, el General Rengifo, instado por una tierna alocución de D.
Demetrio Viana, dio la contraorden. Belisario Gutiérrez tuvo conocimiento de
ella por boca del Coronel Ricardo Acabedo, pero se apresuró a destruir una
preciosa existencia, que murió gloriosamente cumpliendo su deber.
Los
restos del Dr. Mc. Ewen se conservaron en el Cementerio de esta Ciudad hasta el
día 4 de junio de 18989, época en que fueron trasladados al Cementerio de
Medellín.
La
Ordenanza No. 6 de 1888 honró su memoria; y en el salón de sesiones del
Concejo Municipal de esta Ciudad, está colocado su retrato, para reparar en
algo la injusticia de su muerte
Al
presente funcionan los siguientes Institutos oficiales de enseñanza secundaria,
en donde se forma una juventud galana que será orgullo de la Patria.
Instituto
Pedro J. Berrío.- Por feliz iniciativa del Pbro. Dr. Andrés Elías Mejía, el
honorable Concejo Municipal trajo los distinguidos Institutores D. Gerardo y D.
Angel Hernández, quienes fundaron en 1911, el Colegio conocido por el nombre
“Instituto Norte”, plantel por demás benéfico y saludable que se regía
por los estatutos del “Liceo Antioqueño”, y comprendía tres secciones, en
las cuales se daba enseñanza comercial. En este Colegio se iniciaron los
distinguidos jóvenes Pbro. Gerardo Martínez y los Dres. Francisco Navarro
Restrepo, José Miguel Restrepo, Emilio Montoya, Alberto Jaramillo Sánchez,
Gregorio Mejía Ruiz y muchos otros, médicos, ingenieros y abogados, gala del
Departamento.
A
los primeros institutores, sucedieron los Reverendos Hermanos Cristianos de la
Comunidad de San Juan Bautista de la Salle, en 1917, llamados por el Ilmo. y
Reverendísimo Sr. Dr. D. Maximiliano Crespo, hoy Arzobispo de Popayán. El
Colegio siguió funcionando con un personal de más de setenta alumnos, bajo la
dirección de los HH. CC. Salustiano, Luis y Teodosio, y más tarde, con la
venida de otro profesor, pudieron
crear
dos cursos más de los existentes, y entonces se dió una enseñanza
correspondiente a los cinco primeros años de bachillerato.
En
1924 se retiraron los HH. CC. y entró el Pbro. Dr. Rubén Barrientos a
remplazarlos, en compañía del inteligente joven Eduardo Machado Berrío, en la
dirección del Colegio, el cual cambió su nombre por el de “Pedro Justo Berrío”,
en honor del primero que en 1852 fundó un Instituto de enseñanza secundaria,
con el nombre de “Zea”. El actual Director es el Sr. José María Díaz,
caballero de grandes capacidades pedagógicas y verdadera garantía de la
educación juvenil. En este Instituto funciona un internado.
Hoy
se construye un magnifico edificio destinado para el Colegio, ordenado por la
Asamblea Departamental en su Ordenanza N°. 4 de 1925. Los planos fueron hechos
por el Ingeniero Departamental Sr. Agustín Goovaerts. Tendrá una capacidad el
edificio para más de doscientos cincuenta alumnos.
Colegio
de María Auxiliadora.- Nada tan interesante para la vitalidad nacional, como la
recta formación de la mujer, que más tarde será dueña de un hogar en donde
tendrá que educar en sus comienzos la sociedad del mañana. De la educación
femenina, sin necesidad de aducir pruebas, depende la buena marcha del rodaje
social, y sin ella toda civilización que se inicie, está llamada a perecer,
porque flanquea en sus principios.
Atenta
a estas consideraciones la administración municipal, ayudada del Departamento,
sostiene un colegio para señoritas que puede figurar airosamente entre los
mejores de la república.
Este
Instituto, denominado de María Auxiliadora, está regentado por las doctas como
virtuosísimas hijas de Don Bosco, que siembran en el corazón de la juventud
femenina, máximas excelsas de piedad y de ciencias, para que en el porvenir
sean sus educandas, con su belleza y sus virtudes prefulgentes, las edificadoras
de la sociedad.
Este
Colegio fue fundado por iniciativa del Sr. Arzobispo Crespo, quien trajo las
Reverendas Hermanas Salesianas, para lo cual ayudó con sus luces y patriotismo
el Pbro. Pedro Rafael Baena, quien fué por muchos años Cura de esta Ciudad,
con notable provecho para su misión sagrada.
Las
primeras directoras fueron las Reverendas Hermanas Helena Alvarez Lleras, María
Luisa Paggeti y Sofía Pinzón1 y desde entonces (1915) ha venido el Colegio en
mejoramiento rápido, hasta ser hoy uno de los Instituto más afamados del
Departamento.
En
este plantel se concede el título de maestra elemental, o sea grados inferiores
de normalista. Se enseña Religión, Gramática Castellana y Francesa, Matemáticas,
Física (para esta clase se cuenta con un magnifico Gabinete), Contabilidad,
Costura, Pintura, Piano y Pedagogía.
Anexo
al Colegio funciona el Kindergarten, en donde las Hermanas Salesianas se
encargan de preparar la educación moral del niño, para lo cual han hecho
estudios especiales en Italia.
Funciona
el plantel en un magnifico edificio de capacidad para seiscientas alumnas y
posee un buen internado.
Colegio
de los Sagrados Corazones.- Hoy, por un contratiempo económico, ha dejado de
funcionar temporalmente este Colegio, que ha sido un semillero de virtud y de
ciencia. Allí se han formado las clases pobres principalmente y, merced al
entusiasmo, patriotismo y cultura de la señorita María del Carmen Velázquez,
directora del plantel, hay hoy pan en muchos hogares, porque se les enseña a
las alumnas, no solamente a cumplir sus obligaciones propias de mujer, sino que
también se les prepara para ganar honradamente la vida.
El
Colegio fué fundado por la distinguida Institutora Cecilia Mejía en 1911.
Ocupa un local de propiedad municipal, ensanchado notablemente en los últimos años.
Escuelas
Elementales.- Funcionan en el Distrito diez escuelas urbanas, distribuidas así:
en la cabecera, cuatro: una para niños, otra para niñas, una nocturna para la
clase obrera y el Kindergarten de que ya habíamos hablado; en el Corregimiento
de Hoyorrico, dos: en el de Tierradentro, dos y en el de San Pablo, dos.
Existen
quince escuelas rurales, que son: “Riogrande”, “La Paja”, “Malambo”,
“Playalarga”, “La Veta”, “San José”, “Santa Gertrudis”,
“Caruquia”, “El Recodo”, “El Popal”, “Boca del Monte”,
“Aguadulce”, “El Botón”, “Cucurucho” y “San Isidro”. Muy pronto
empezarán a funcionar ocho escuelas más.
Estas
escuelas, tanto urbanas como rurales, tiene un personal de mil treinta y seis
varones y mil ochenta mujeres, dirigidos por treinta y cuatro maestros, ocho de
ellos graduados. La población escolar del Distrito es de tres mil ochenta y
nueve matriculados, incluyendo el personal de la nocturna.1
Seminario
Conciliar.- Uno de los mejores seminarios de Colombia, es reconocidamente el de
Santa Rosa de Osos, por la solidez de los estudios y la buena marcha
disciplinaria del Establecimiento.
En
él cursan estudios más de doscientos alumnos anualmente, bajo la dirección de
los RR. Padres Eudistas, por lo cual es un foco de luz, que atrae desde todos
los lugares del Departamento, a los jóvenes amantes del estudio y de la carrera
sacerdotal.
Comprende
dos seminarios: el Seminario Menor, que sigue el pensúm del bachillerato clásico,
y el Mayor, en el cual se hacen los estudios profesionales hasta obtener las
sagradas Ordenes.
En
este Seminario han hecho sus estudios los siguientes Sacerdotes que hoy son apóstoles
de virtud y lumbreras de ciencia, y constituyen lo más granado de nuestro Clero
colombiano:
Pbro.
Norberto Sandoval
-
Roberto Reyes
-
Ricardo Gutiérrez
-
Alejandro Múnera
-
Luis Múnera
-
Rubén Barrientos
-
Andrés Basset (actual Rector del Seminario)
-
Pedro Luis Osorio
-
Jesús María Restrepo
-
Gerardo Martínez
-
Julio Tamayo
-
Abigaíl Restrepo
-
Manuel Salvador Restrepo
-
Jesús Ma. Urrea
-
José Alemán Muñoz
-.
Francisco Areiza
-
Alfonso Restrepo
-
Luis Aurelio Velázquez
-
Joaquín Emilio Duque
-
Alberto Yepes
-
Pedro Mesa
-
Francisco Arroyave
-
Martín Múnera
La
anterior lista está formada por los sacerdotes ordenados por el Sr. Crespo, y
los siguientes fueron consagrados por el Sr. Bulles:
Pbro.
Alfonso Palacio
-
Manuel Castrillón
-
Jesús Yepes
-
Ignacio Yepes
-
Constantino Duque
-
Leonidas Duque
-
Gustavo Vásquez
-
Miguel Angel Gallego
-
Francisco Gallego
-
Jesús Gil, y
-
Pablo Emilio Arias
El
Seminario cuenta con gabinetes de Física y Química, con ricas bibliotecas, con
un observatorio meteorológico, campos de natación y foot-ball, con parques
extensísimos, en los cuales hay más de diez mil eucaliptus, y con una planta
eléctrica propia.
El
actual edificio es muy amplio, cómodo y elegantemente construído, pero se está
edificando un moderno local que será de los más grandes del Departamento.
El
Seminario fue fundado por el actual Arzobispo de Popayán, quien obtuvo por
resolución pontificia de 17 de octubre de 1914, licencia para trasladar esta
Ciudad el Seminario Mayor de Antioquia, el cual comenzó sus tareas en esta
Ciudad, el 27 de marzo de 1915, con veintisiete alumnos.
Para viajar de Santa Rosa a Medellín el comerciante empleaba dos días. Saliendo de la plaza, pasaba la calle Real, se despedía de la Capilla de la Humildad; en la calle del Palo encontraba hospital, orfanato, parque Berrío (solo a partir de 1927), y antes, había unas seis casas con huertas inmensas colindantes con la Plazuela San Francisco y la Capilla del mismo nombre, construida por la Orden Tercera, y camino obligado para el Cementerio y Capilla del Carmen (hoy es la Plaza de Ferias). Y al terminar el Palo, donde hoy aparece el Parque Marco Tobón Mejía, se empinaba la casita de paja de las Zuleta, y a su frente la casa de los Zaguanes, donde nacería posiblemente un Cardenal - Aníbal Muñoz Duque -. El viajero proseguía por la que sería Calle del Seminario a partir de 1915, cruzaba el puente de tierra ó estrechura, y donde hoy se aprecia el Monumento a la Virgen de las Misericordias y la Basílica se abría una Plazoleta con la Casa de Ejercicios de San Ignacio de Loyola, propiedad marcada por el Padre Roldán al Godo Fernández, sitio ocupado en le siglo anterior por el campamento Minero, y origen de la leyenda de Patiobrujas, con sus espantos, escobas y aquelarres.
Aquí se desviaba hacia su mano derecha para ingresar al sitio de Arenales, pasaba por el Balcón desde donde aún a principios del siglo podía observar el asiento de la primitiva Ranchería (al lado derecho de Arenales). Este mismo camino caía a Entrerríos, después de recorrer los sitios de San José, Santa Ana, Orobajo, La Cabuya, la Muñoz, paso del Río (profundo y Bramador).
De Entrerríos, por caminos desconocidos por los profanos no así por los Paqueteros y Cargadores de la época (Martín Mira, Poeta, Conejito, Cándido, San Antonio Masón, Lao, Juan Tolete, Pedro Tembleque, Chengue, Piano, Cosafea, Jacinto Yarza y Currucutú y Masaleón Yegua) se llegaba a san Pedro de los Milagros. Por el llano de Ovejas, bordeando lo que posteriormente sería la Represa de García el viajero se echaba a rodar hasta Hatoviejo, pasaba a las Cabañitas, se adentraba por el cañón, y por el Río Medellín arriba topaba la Villa de Medellín. En ese entonces Bello era Hatoviejo, Copacabana Tasajeras, Girardota Hatogrande y Medellín la Villa, y Caldas Valeria.
Año más tarde cuando la carretera profanó el silencio de la altiplanicie, este camino fue abandonado y cambiado por la ruta Santa Rosa - Turco – San Juan – Campoalegre – Hoyorrico – Estación Berrío – Riogrande – Don Matías – Alto de Matasano: y aquí el viajero se desprendía hasta Barbosa, donde tomaba el tren hasta la Estación Cisneros o la Estación Villa.
Existió otro camino casi paralelo ala actual carretera, descrita vivamente por la Señorita María Jesús Guzmán, y que era el utilizado por las Totonas, famosas y simpáticas paqueteras, que llevaban en su cabeza, en equilibrio inimaginable, pesadas encomiendas (eran la Vélez). Fueron famosos en esta época los bueyes de Teodoro Pérez y Francisco Roldán.